250 años de la Declaración: Un tiempo para agradecer y reflexionar
By OBISPO JOHN N. TRAN | Published 8 julio, 2026 | Available In English
El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental aprobó la Declaración de Independencia, marcando el nacimiento de una nueva nación y la separación formal de las 13 colonias americanas de Gran Bretaña. Al conmemorar el 250.º aniversario de aquel momento histórico, me siento nuevamente atraído por su perdurable afirmación inicial: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Obispo John N. Tran
A menudo, he pensado que habría preferido la redacción original de Thomas Jefferson: «Sostenemos que estas verdades son sagradas e innegables». Y, sin embargo, ya sea expresada de esa forma o con la redacción final que se adoptó, la Declaración sigue moldeando el compás moral de nuestra nación. Ha influido en nuestras leyes, en nuestras instituciones políticas y en las aspiraciones que compartimos, incluso aun cuando, a lo largo de generaciones, tenemos dificultades para interpretar y vivir fielmente su significado.
Para nosotros, como católicos, estas palabras tienen una resonancia más profunda porque hacen eco de una verdad anterior a la fundación de los Estados Unidos: la dignidad inviolable de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Los derechos humanos no se originan en los gobiernos ni en las constituciones; emanan del Creador. Esta convicción se encuentra en el corazón de nuestras creencias católicas y de nuestra doctrina social, y nos llama a defender la santidad de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, a proteger la libertad auténtica, a buscar la justicia y a promover el bien común.
Desde esta perspectiva, los ideales de la Declaración no son solo principios históricos para recordar, sino desafíos perdurables que continúan moldeando nuestra responsabilidad moral. Nos invitan, como ciudadanos y como discípulos de Jesucristo, a contrastar nuestra vida pública y nuestra conducta personal con la visión que expresan, reconociendo al mismo tiempo, con honestidad, la distancia que a menudo persiste entre esa visión y la realidad que vivimos.
A medida que reflexiono sobre estas palabras, siento gratitud por la sabiduría de quienes redactaron la Declaración —Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman y Robert R. Livingston— y por la fe y el valor de los 56 delegados que finalmente la firmaron. Al comprometer mutuamente sus vidas, fortunas y sagrado honor, aceptaron un profundo riesgo personal como testimonio de una convicción de que la libertad conlleva tanto privilegios como responsabilidades.
Mi propia reflexión es también profundamente personal. Tras la caída de Vietnam del Sur en 1975, fue la convicción de esta Declaración —que el gobierno legítimo existe para garantizar los derechos de las personas— lo que ayudó a dar forma a políticas como la Ley de Asistencia a Refugiados e Inmigrantes de Indochina. Gracias a esa providencia, pude llegar a este país, ser reasentado y vivir a salvo. En los Estados Unidos, recibí libertad religiosa, oportunidades educativas y la posibilidad de reconstruir mi vida. Por todo ello, permanezco profundamente agradecido y me esfuerzo cada día por retribuir a una nación que me salvó y me ha dado tanto.
Al conmemorar este 250.º aniversario, es oportuno que nuestra celebración no sea solo un acto de recuerdo, sino que se convierta también en un momento de oración y en un examen de conciencia. Quizás podamos reflexionar sobre estas preguntas: ¿De qué manera he mostrado aprecio por los dones que me ha brindado la Declaración de Independencia? ¿Cómo he sido testimonio de la dignidad que Dios ha otorgado a cada persona? ¿Cómo he defendido el don de la vida, protegido la auténtica libertad, servido a los pobres y vulnerables, y trabajado por la justicia y la paz? ¿Y cómo me está invitando el Espíritu Santo a renovar con fidelidad estos ideales en nuestros propios tiempos?
Oremos para que heredemos la sabiduría y el valor de aquellos que nos dieron la Declaración de Independencia, para que podamos continuar sirviendo al bien de nuestra nación.
Que Dios continúe bendiciendo a los Estados Unidos de América.