OSV News photo/Evan Vucci, ReutersAtlanta
Un cuarto de siglo después del 11 de septiembre: recordando, sanando y manteniendo la esperanza
Published 9 septiembre, 2026 | Available In English
Este mes de septiembre se cumplen 25 años de aquella mañana en que el cielo sobre tres ciudades estadounidenses se llenó de humo y el mundo, tal como lo conocíamos, cambió en cuestión de una hora.
Veinticinco años es tiempo suficiente para que alguien que nació el 11 de septiembre de 2001 haya crecido, iniciado una carrera profesional y, tal vez, formado su propia familia. Es tiempo suficiente para que muchos estudiantes —que este otoño llenan las aulas de nuestras escuelas católicas— no tengan ningún recuerdo personal de aquel día. Y, sin embargo, 25 años no son suficientes para mitigar el dolor que aún llevan consigo quienes perdieron a un cónyuge, a un padre, a un hijo, a un amigo o a un compañero bombero, policía o socorrista ese fatídico martes por la mañana.
Recuerdo dónde estaba el 11 de septiembre de 2001. La mayoría de nosotros, que vivimos aquello, lo recordamos. Recordamos la quietud de los aviones en tierra, los homenajes improvisados con flores y fotografías, las largas filas para donar sangre y las iglesias que se llenaron —no solo el domingo siguiente, sino también durante la semana— de personas que de repente sentían la necesidad de orar. El miedo impulsó parte de aquello. Pero también lo impulsó otra cosa: un reconocimiento, por breve que fuera, de que pertenecemos a un mismo todo y de que el amor es más fuerte que el odio que había acabado de desatarse en nuestra contra.
El 11 de septiembre nos enseñó, de la manera más cruel posible, cuán frágil es realmente la vida. Un martes cualquiera por la mañana —con el café servido, los niños en la escuela, los maletines a bordo de los aviones y en las torres de oficinas— se convirtió, sin previo aviso, en la última mañana que conocerían casi 3.000 personas. No tenemos garantizado el mañana. Es una verdad dura, pero, curiosamente, también un regalo, porque nos enseña a no desperdiciar los días que se nos conceden y a no dejar de expresar nuestro amor a quienes están a nuestro lado.
Aquel día también reveló, con una claridad inolvidable, el precio que otros pagan para que el resto de nosotros podamos vivir seguros. Trescientos cuarenta y tres bomberos. Sesenta agentes de las fuerzas del orden. Técnicos de emergencias médicas y oficiales de la Autoridad Portuaria que subían por las escaleras mientras otros bajaban corriendo. Los honramos cada mes de septiembre, y con razón; pero me pregunto con qué frecuencia, en los meses subsiguientes entre aniversarios, damos por sentada la labor de los hombres y mujeres que hoy siguen respondiendo a ese mismo llamado: el agente de policía que patrulla en la madrugada, el bombero que intenta dormir en la estación de bomberos a la espera de la alarma, el soldado enviado lejos de casa. Su disposición a interponer sus vidas entre el peligro y el resto de nosotros no terminó en 2001. Es un sacrificio diario que merece mucho más que un momento anual de gratitud.
Las Escrituras nos ofrecen las palabras adecuadas para un día como este. San Pablo asegura a los romanos que nada en toda la creación puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor. He retornado a esa certeza muchas veces a lo largo de los años, no porque haga desaparecer el dolor, sino porque se niega a permitir que tenga la última palabra. El mal que se cometió el 11 de septiembre fue real. El sufrimiento que causó —las casi 3.000 personas que fallecieron aquel día, así como los miembros de los equipos de emergencia y los supervivientes que murieron años después a causa de enfermedades relacionadas con su exposición en la Zona Cero— es real. Pero también lo es la promesa de que el amor no termina en la tumba.
San Juan Pablo II, dirigiéndose a los peregrinos pocos días después de los atentados, exhortó a los fieles a resistir la tentación del odio y a convertirse, en sus palabras, en artífices de la paz. Ese llamado está aún vigente. Un cuarto de siglo después, hemos visto lo que sucede cuando las naciones responden a la violencia con más violencia; y hemos visto también lo que ocurre cuando personas comunes —equipos de emergencia corriendo hacia el peligro, vecinos dando refugio a desconocidos, comunidades de todas las creencias unidas hombro con hombro en vigilias a la luz de las velas— responden a la violencia con valentía y amor. Ambas respuestas siguen estando a nuestro alcance hoy. Este aniversario nos pide, una vez más, que elijamos.
Un jubileo de plata de dolor y gracia
No he olvidado cómo, durante un breve periodo tras los ataques, nuestras divisiones parecieron desvanecerse. Desconocidos ayudaban a otros a salir de entre los escombros y a abandonar la isla de Manhattan en barco. Banderas se izaban en porches de todo tipo de vecindarios. Congregaciones de todas las confesiones —y también de quienes no profesaban ninguna fe— se reunían para orar, a veces por primera vez en años, simplemente porque el dolor había hecho que volviéramos a necesitarnos mutuamente. Una nación que a menudo discute por asuntos mucho menores permaneció, por un tiempo, genuinamente unida por el duelo. Esa unidad se forjó en el dolor, y no deseo el dolor para nadie. Pero sí deseo que pudiéramos recuperar lo que aquello nos enseñó sin tener que volver a aprenderlo a través de la tragedia. El verdadero peligro ahora es el olvido: no el de los nombres ni las fechas, que están grabados en granito y acero, sino el de la deuda que tenemos con quienes fallecieron y la rapidez con la que podemos perder la solidaridad que el sufrimiento nos brindó, aunque fuera por un instante.
Aquí, en la Arquidiócesis de Atlanta, muchas de nuestras parroquias tienen sus propios vínculos silenciosos con aquel día: bomberos y policías que se sientan en nuestros bancas y sirven gracias a lo que presenciaron cuando eran jóvenes reclutas; familias que se mudaron al sur posteriormente, llevando a Nueva York, Washington o Shanksville en el corazón; hijos, ya adultos, que fueron bautizados en las semanas posteriores al 11 de septiembre, mientras sus padres se aferraban a la esperanza de un futuro en medio del dolor.
No olvidamos a nuestros difuntos. Los encomendamos a Dios y pedimos su intercesión por un mundo que sigue necesitando profundamente la paz.
A menudo creo en las palabras inscritas en el Monumento Conmemorativo Nacional del 11 de Septiembre, tomadas de La Eneida de Virgilio, que prometen que ningún día borrará a los caídos de la memoria del tiempo. Es la promesa —y una verdadera— de un poeta pagano, pero nuestra fe hace una afirmación aún más audaz. No es solo sobre recordar. Es que Dios recuerda: que cada nombre de cada persona que se perdió aquel día es conocido y está presente ante Aquel que sabe incluso el número de los cabellos de nuestra cabeza, y que la misericordia de Cristo llega hasta las cenizas de la Zona Cero, los escombros del Pentágono y el campo de Pensilvania donde 40 pasajeros y miembros de la tripulación eligieron, en sus últimos minutos, luchar en lugar de someter a sus conciudadanos a un daño mayor.
Veinticinco años es una cifra jubilar en nuestra tradición: un tiempo destinado para recordar, reflexionar y renovar nuestra esperanza. A medida que conmemoramos este jubileo de plata de dolor y gracia, oremos: por los difuntos, para que descansen en la paz que se les negó aquella mañana; por quienes aún los lloran, para que su duelo se transforme en esperanza; por los equipos de emergencia que siguen sufriendo las secuelas de aquel día, tanto en el cuerpo como en la memoria; y por nosotros mismos, para que tengamos la gracia de ser, en nuestra propia generación, los artífices de paz que el Santo Padre nos pidió que fuéramos.
Que Dios consuele a los afligidos, honre a los caídos y haga de nuestro recuerdo no una herida abierta nuevamente, sino una semilla de la paz que el mundo aún aguarda.