Georgia Bulletin

Noticias de la Arquidiócesis Católica de Atlanta

Photo Courtesy St. Mary Mother of God Church
Photo Courtesy St. Mary Mother of God Church  Rachael and Noah Zell, and daughters Willow and Elora, are photographed with their priest, Father Jose Kochuparampil. The Zells participated in last year’s OCIA program at St. Mary Mother of God Church. Noah Zell later felt called to give the priest the gift of a kidney donation. 

Jackson

No hay amor más grande: un feligrés de Jackson le regala la vida a su párroco

By GEORGE LEVINS, especial para el Bulletin  | Published 3 mayo, 2026  | Available In English

JACKSON—Según el Registro Nacional de Riñones, actualmente hay más de 90.000 personas en busca de un donante para trasplante. Solo en los Estados Unidos, 12 de ellas mueren cada día. 

El Padre Jose Kochuparampil, párroco de la iglesia St. Mary, Mother of God en Jackson, se encontraba en esa lista de espera hasta el 20 de noviembre de 2025, momento en que Noah Zell —de 38 años— entró en su despacho y lo cambió todo.   

Noah y su esposa, Rachael, junto con sus dos hijas —Willow, de 13 años, y Elora, de 7— llevaban consigo una tarjeta hecha a mano para su sacerdote. El mensaje que contenía salvava una vida y comenzaba así: «Estimado Padre Jose: me siento honrado de ofrecerle mi riñón, siguiendo el ejemplo de abnegación de Cristo».

El Padre Jose, a quien rara vez le faltan las palabras, solo atinó a pronunciar una en ese momento.

«No podía creer lo que estaba leyendo», contó. «Me tomó más de un minuto recomponerme y lograr hablar. Y, cuando lo hice, lo único que pude decir fue: “Gracias”».

Durante seis años, el sacerdote solo había recibido informes negativos de su nefrólogo; pero ahora, por fin, las noticias eran buenas.

Tras confirmársele un diagnóstico de enfermedad renal poliquística, el párroco se sometió a una diálisis peritoneal nocturna durante dos años y tres meses, un procedimiento que él mismo se administraba. Este tratamiento domiciliario y de autoadministración requería el bombeo de fluidos estériles —mediante un dispositivo electrónico— al interior de su abdomen, a través de un puerto implantado de forma permanente.

El líquido absorbía entonces los desechos que un riñón sano, en condiciones normales, se encargaría de filtrar del torrente sanguíneo. Luego, el fluido era bombeado de nuevo hacia una bolsa de almacenamiento estéril para su desecho. Antes y después de la diálisis, todo debía limpiarse y desinfectarse adecuadamente para prevenir una infección que podría resultar en la muerte 

«No es fácil», dijo el Padre Jose. «Y lograr dormir durante todo el proceso es imposible».

Muchos pacientes en tratamiento caen en una depresión cada vez más profunda, especialmente al comprender que el tiempo promedio de espera para recibir un órgano en donación es de tres a cinco años; sin embargo, el Padre José afirmó que su fe nunca flaqueó. 

«Solía rezar el Salmo 23 con regularidad. Sus palabras me brindaban consuelo», comentó.

El Padre Jose sabía que no debía impacientarse, pues había aprendido que incluso ser incluido en la lista de espera para un trasplante sería un proceso largo y, en cierto modo, complicado; un proceso que incluía meses de pruebas y, finalmente, la evaluación de una junta médica para determinar si su organismo reunía las condiciones necesarias para ser considerado un candidato apto para el trasplante.  

Ese «visto bueno» llegó el 20 de diciembre de 2024, y entonces comenzó la espera.

En busca de un donante 

Un representante del Registro Nacional de Riñones animó al Padre José a utilizar diversas plataformas de Internet para «difundir la noticia», pero él se mostró reacio.

Fue solo después de ser motivado por los feligreses que conocían su condición que el sacerdote se percató de que era poco probable que los donantes lo encontraran a él, a menos que él tomara la iniciativa de buscarlos.

Savannah Levins, periodista del canal 11 Alive de Atlanta, se ofreció voluntariamente para poner en práctica sus habilidades en las redes sociales, adjuntando un enlace del Registro Nacional de Riñones a una publicación que narraba la historia del sacerdote. La página se difundió en múltiples plataformas e incluía un enlace que invitaba a los visitantes del sitio a «hacer clic para obtener más información».

Eso funcionó.

A pocas semanas de lanzar la campaña, miles de personas vieron las publicaciones. Cientos hicieron clic en el enlace y 26 individuos iniciaron el proceso de registro como donantes.   

De los posibles donantes, seis eran feligreses. Entre ellos había varios Caballeros de Colón, quienes conocían al Padre Jose por su labor como capellán estatal del grupo. Otros pudieron haber llegado a través de los avisos publicados en los boletines de las parroquias diocesanas, las cuales se habían enterado por un comunicado de la arquidiócesis.

Uno de los que dio un paso al frente fue Noah Zell, quien, junto con su esposa Rachael, había recibido apenas unos meses antes su primera comunión y confirmación a través del programa RICA de la parroquia St. Mary. 

Al explicar cómo se enteró inicialmente de la situación del Padre Jose, Noah dijo: «En realidad, fue por casualidad».

«Estaba revisando las publicaciones en el perfil de Facebook de un amigo cuando vi un enlace a una página web sobre un católico que necesitaba un trasplante de riñón», explicó Rachael. «Hice clic en el enlace y vi que el sacerdote era el Padre Jose. No podíamos creerlo».  

Los Zell asisten a misa con regularidad y leen el boletín parroquial, pero nunca habían oído nada sobre la situación de su sacerdote.

«Simplemente nunca dijo nada al respecto», comentó Rachael.

La familia —y la mayoría de los feligreses— desconocía la situación, ya que su párroco se resistía a utilizar su cargo o el púlpito para dar a conocer su necesidad.

«Tras encontrar la publicación —dijo Noah—, le pregunté a Rachael qué le parecía si yo entraba en la página, simplemente para ver de qué se trataba».

«Al principio tuve mis dudas sobre todo el asunto» —dijo Rachael—, «sobre todo por los interrogantes de las niñas. Pero oré al respecto y, finalmente, accedí: “Hagámoslo y veamos qué sucede”».

Noah y Rachael Zell muestran una camiseta de Superman incluida en un paquete de regalo de los feligreses de la parroquia de St. Mary, dos días después de la cirugía a la que él se sometió en diciembre de 2025 para donar su riñón al párroco. Foto cortesía de la familia Zell

Era algo poco seguro; las probabilidades de que dos personas sin parentesco sean una compatibilidad renal perfecta son, aproximadamente, de una entre 100.000 (según el Registro Nacional del Riñón).

Así que Noah siguió el ejemplo del Padre Jose. La familia mantendría su decisión en secreto, a menos que su riñón resultara ser una compatibilidad ideal. 

Una vez tomada la decisión, los Zell celebraron una reunión familiar para hablar sobre lo que estaban a punto de hacer y los motivos detrás de ello. Surgieron algunas preguntas, pero todos estuvieron de acuerdo con el plan sin necesidad de largas conversasiones.

Noah sí recordó una conversación interesante que tuvo al explicarles el tema de la donación de órganos a sus hijas.

«No, Dios no nos dio partes del cuerpo de sobra, pero sí nos dio la oportunidad de compartir las partes que tenemos», les dijo. 

Cuando, tras el trasplante, le preguntaron qué opinaba de la decisión de su padre, su hija Willow respondió: «Me parece que lo que hizo por el Padre Jose fue algo realmente genial».   

«Al principio, las cosas avanzaron con lentitud, con trámites administrativos y un par de entrevistas para asegurarse de que no estuviera siendo coaccionado ni presionado de ninguna manera para presentar mi solicitud», mencionó Noah.  

«Nos pareció algo curioso —dijo—, teniendo en cuenta la discreción con la que el Padre Jose había llevado todo el asunto».  

A partir de ese momento, Rachael cuenta que el proceso se convirtió en un «torbellino».

Noah relató que, una vez resuelto el papeleo, comenzaron de inmediato una serie de exámenes médicos para evaluar su estado de salud general.

«Lo más importante para los médicos era la salud de mi corazón y la certeza de que no padecía hipertensión», afirmó. Todo marchaba bien, así que pasamos a realizar una gran cantidad de pruebas de laboratorio diseñadas para determinar con qué eficacia funcionaban mis riñones —llegando incluso a inyectar colorantes en mi torrente sanguíneo para ver qué tan bien los filtraban los riñones.

A lo largo del proceso de evaluación, se le extrajo sangre y se le realizaron pruebas unas 10 veces. 

También se llevaron a cabo exámenes para evaluar el grado de compatibilidad entre los tejidos internos de Noah y los del Padre Jose. Dichas pruebas arrojaron indicadores de probabilidad de aceptación o rechazo.

Muchos posibles donantes fueron descartados por diversas razones a lo largo del camino, pero no Noah. 

Y a mediados de noviembre, recibió un correo electrónico de la trabajadora social encargada de su caso en Piedmont. El equipo de evaluación médica se había reunido y había tomado la decisión final: Noah recibía la luz verde para realizar la donación tan pronto como esta pudiera programarse.

El 12 de noviembre de 2025, el Padre Jose recibió una llamada de una trabajadora social del Hospital Piedmont.

El Padre Jose recuerda bien la conversación: «Ella me dijo: “¡Felicidades! Hemos encontrado un donante compatible para usted”». Recuerda que la persona que llamaba se mostraba muy serena y le explicó cuáles serían los siguientes pasos del proceso. Así se enteró de que el procedimiento tendría lugar en un plazo de tres semanas.

Esta noticia revestía una gran importancia por dos motivos principales. En primer lugar, le brindaba la certeza de que el riñón provendría de un donante vivo. Si hubiera procedido de un donante fallecido, el tono de la llamada telefónica habría sido radicalmente distinto.

En ese caso, la persona que llamaba le habría indicado al sacerdote que tomara su maleta —que ya debía tener preparada— y se dirigiera al hospital tan pronto como le fuera físicamente posible, consciente de que el estado del órgano se deterioraría rápidamente hasta que este fuera trasplantado con éxito.

En segundo lugar —y gracias a la información que había investigado previamente—, el Padre Jose, de 67 años, conocía las estadísticas del Registro de Trasplantes Renales: la viabilidad media de un riñón procedente de un donante fallecido oscila entre los 8 y los 15 años, frente a los 20 a 40 años que ofrece el de un donante vivo.

La oleada de emociones que experimentó resultó casi abrumadora.

Recuerda haber tenido muchísimas preguntas, pero haber formulado solo una: «¿Puede decirme quién es el donante?».

La trabajadora social respondió que no podía. Dicha información permanecería confidencial, a menos que el donante decidiera contactar personalmente al receptor.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Había muchos detalles que atender, incluyendo la confirmación de que el empleador de Noah aprobaría el permiso laboral necesario. Su gerente le comunicó que contaban con todo su apoyo; un respaldo que quedó patente mediante una importante donación a St. Mary por el presidente y director ejecutivo de la empresa, en reconocimiento a Noah y a su familia.

El día del trasplante 

Se hicieron los últimos preparativos y, el 5 de diciembre, tanto Noah como el Padre Jose fueron ingresados como pacientes en el Hospital Piedmont Atlanta.

Para entonces, Noah afirma haber tenido plena confianza en todo lo relacionado con el trasplante. Dijo que, en esencia, hizo un pacto con Dios para someterse al proceso de evaluación y aceptar el resultado, fuera cual fuera. Añadió que, una vez que Dios lo «eligió» como donante, sintió una paz inmediata 

Tras varias horas de espera en el área preoperatoria, le informaron que los médicos estaban listos para realizar la extracción laparoscópica de uno de los riñones sanos de Noah. 

El procedimiento y el postoperatorio duraron unas seis horas y, para las 10:00 p. m., tanto Noah como Rachael descansaban cómodamente en su habitación de hospital, con una sola prioridad pendiente: hacer una llamada telefónica a Willow y Elora, quienes se alojaban con su abuela. Willow contestó al primer timbrazo, y todos recibieron la confirmación de que todo había salido bien.

En cuanto al Padre Jose, su hora de llegada fue a las 11:00 a. m., seguida de una espera de cinco horas. 

A las 3:45 p. m., un enfermero entró en el área preoperatoria y anunció: «Ha llegado el momento».

«Recuerdo haber sentido nervios. Pero esa ansiedad se disipó justo antes de que me llevaran en la camilla hacia el quirófano, cuando uno de los enfermeros asistentes se arrodilló junto a mí y comenzó a rezar por mí. Luego, me pidió que le impartiera una bendición. Fue un momento muy intenso, un momento que me brindó una gran paz», recorfó el sacerdote. 

El Padre Jose Kochuparampil levanta el pulgar durante su recuperación tras una cirugía de trasplante de riñón. El sacerdote, que padecía enfermedad renal poliquística, se autoadministró diálisis peritoneal nocturna durante más de dos años antes del trasplante. Foto cortesía de la Iglesia St. Mary, Mother of God

«Mi siguiente recuerdo —dijo el padre— fue despertar en una sala de recuperación y oír que eran las 8:45 p. m. Una enfermera me dijo que todo había salido bien, tanto para mí como para Noah».

Las estancias hospitalarias de ambos hombres fueron muy breves. Noah recibió el alta al día siguiente del trasplante, y el Padre Jose salió del hospital dos días después.

«Pregunté sobre el tipo de cuidados de enfermería a domicilio que recibiría —recuerda el Padre Jose—, y el médico me respondió que serían innecesarios. Dijo: “Volverá a la normalidad en muy poco tiempo”».

Ese «muy poco tiempo» resultó ser apenas un par de días de reposo en cama y tres meses de recuperación en aislamiento. Los feligreses se encargaron de proveerle comidas a domicilio durante todo ese periodo y, para finales de marzo, su párroco gozaba de una salud tan buena como la que no había tenido en décadas. 

El tiempo de recuperación de Noah no fue ni de lejos tan prolongado, aunque hubo algunas aventuras por el camino; como aquella vez en que, tras dos días de convalecencia, decidió que debía colaborar con las tareas domésticas y aspirar mientras Rachael estaba en el supermercado.

«El único problema de ese plan —dijo Rachael— fue que las niñas lo delataron».

Aunque el donante insistía en que no sentía ningún dolor real, la «enfermera Rachael» le ordenó regresar a la cama, donde permaneció —a su pesar, pero cómodamente instalado— durante el resto de la semana. 

Para la segunda semana, Noah ya trabajaba a distancia, y tan solo tres semanas después regresó a la oficina. Para la sexta semana, ya se había reincorporado a su rutina previa a la cirugía, con apenas ligeras modificaciones en su dieta. Él afirma que, quizás, ahora se siente mejor que antes del trasplante, y que presta mucha más atención a su autocuidado. Recientemente se ha apuntado a un gimnasio y asegura ser mucho más consciente de lo que come, aunque aclara que las hamburguesas whopper de Burger King no van a desaparecer de su vida rapidamente.  

«Cuando miro atrás y reflexiono sobre todo esto —dijo Noah—, no estoy seguro de que la decisión fuera siquiera mía. Fue casi como si Dios me hubiera dicho que tenía un plan y que yo desempeñaba un papel en él. Lo único que hice fue decir que sí».

El 6 de abril, el Padre Jose regresó al altar. En la mayoría de las misas entre semana no se pronuncian homilías; sin embargo, en esta ocasión, unas palabras parecían lo más apropiado.

El párroco se situó tras el ambón y ajustó el micrófono. Bajó la vista hacia sus notas impresas y comenzó a hablar. La emoción se impuso a las palabras. Compartió un recuerdo y, a continuación, hizo una pausa. Unas pocas palabras más, y otra pausa.

Se había preparado para el momento, con lo necesario para secarse las lágrimas de los ojos. Los feligreses presentes no habían hecho tales preparativos. El santuario permanecía en silencio.

Cuando terminó de hablar, el Padre Jose levantó la vista de sus notas y sonrió ampliamente. Era como si dijera en silencio: «Estoy en casa».

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