Manteniendo una vida interior vigorosa
By OBISPO JOEL M. KONZEN, SM | Published 13 mayo, 2026 | Available In English
Aunque el ministerio que desempeñé durante muchos años fue la educación, nunca reflexioné demasiado sobre las implicaciones de la palabra misma —proveniente del latín—, cuyo significado es «el proceso de sacar hacia afuera». Sin embargo, ahora estoy pensando más el significado literal de esa palabra, dado que el tiempo que pasamos frente a las pantallas se ha convertido en una gran preocupación para muchos de nosotros.

Bishop Joel M. Konzen, SM
La noción fundamental de «sacar algo de nuestro interior» implica que hemos empleado nuestro tiempo —tanto en la escuela como en otros ámbitos— para acumular un cierto acervo de conocimientos y experiencias; un acervo que resulta útil para las tareas que se nos encomiendan, pero que también es valioso para los ejercicios mentales que emprendemos, siendo la oración el más importante de ellos.
El desafío en esta era de dependencia de las pantallas —la cual se refleja en el promedio de siete horas diarias que los estadounidenses pasan mirando un teléfono o una computadora— radica en cómo mantener una vida interior vigorosa, alimentada especialmente por la meditación y la oración contemplativa, ante tal cantidad de estímulos mediáticos y tan escaso espacio —o tiempo— para la expresión espiritual. Una estadística revela que los estadounidenses dedican cerca de cinco minutos diarios a la oración, lo que, en otra medida, equivale a un promedio de 27 minutos semanales. La buena noticia es que, si usted asiste a misa y reza con verdadera devoción, ¡ya ha superado ese promedio con creces!
¿A qué me refiero cuando hablo de una vida espiritual interior vigorosa? Hablo sobre el tiempo que dedicamos a orar en silencio ante el Santísimo Sacramento, o bien en algún lugar de oración predilecto donde la mente pueda concentrarse libremente en establecer una conexión con Dios. También me refiero al tiempo que invertimos en una oración estructurada —como la Liturgia de las Horas—, de tal modo que nos invite a meditar durante un tiempo largo sobre las palabras, las frases y las invocaciones que se están recitando.
Durante mi infancia, solía observar a mi tía —quien tenía una leve discapacidad de desarrollo— mientras hacía sus oraciones vespertinas valiéndose de numerosas estampas de oración que guardaba, atestadas, dentro de su voluminoso devocionario. No podría hablar sobre la calidad de la meditación en cada una de ellas; pero, lo que sí sé, es que le encantaba ver la televisión, una actividad que no se permitía disfrutar hasta haber concluido su rosario vespertino y haber repasado todas sus estampas de oración, ya desgastadas por el uso constante. Tener ese nivel de disciplina es necesario para nosotros hoy en día, cuando contamos con muchas más distracciones electrónicas que compiten por nuestra atención.
Aunque la Cuaresma ya ha pasado, siempre podemos beneficiarnos de un ayuno. La Hermana Nancy Usselmann, FSP, ha escrito un breve volumen titulado «Ayuno mediático: Seis semanas para recargar energías en Cristo». En él, la Hermana Nancy no considera nuestras opciones mediáticas como objetos de desprecio, sino más bien como algo que debemos utilizar en una proporción sensata, tal como haríamos con el helado o el comer en restaurantes. Teniendo en mente las diversas plataformas de redes sociales, la autora propone una variedad de posibles ayunos diseñados para devolver al uso de los medios una proporción que no termine desplazando la vida en Cristo a la que los católicos decimos estar comprometidos. Si desea —y puede— renunciar por completo al uso de aquellos medios que ha considerado una pérdida de tiempo, sin duda se regocijará con sus nuevas prioridades. Si lo único que busca es obtener algo de disciplina en su uso de los medios, entonces diseñe los mecanismos necesarios para mantener bajo control el tiempo que dedica a su teléfono y a otras tentaciones digitales.
En su Introducción a la vida devota, San Francisco de Sales escribe, con respecto a los «pasatiempos y recreaciones»: «Ante todo… debemos tener especial cuidado de no dejaros absorber por tales diversiones. Por muy inocente que pueda ser cierto tipo de recreación, es erróneo poner en ella el corazón y los afectos».
Si evaluamos con honestidad nuestro grado de dependencia, tal vez debamos concluir que una parte de nuestro corazón ha sido entregado a nuestras ocupaciones digitales, cuando por derecho pertenece a Dios. Reestablecer el orden correcto de las cosas es una tarea urgente.