El Arzobispo Gregory J. Hartmayer, OFM Conv., es el séptimo arzobispo de Atlanta. En su columna “Paz y bien”, comparte homilías y reflexiones pastorales.Cristo ha resucitado, y su regalo es la paz
By ARZOBISPO GREGORY J. HARTMAYER, OFM Conv. | Published 15 abril, 2026 | Available In English
El Domingo de Pascua, el Señor Resucitado saludo diciendo, «La paz esté con ustedes». Esas palabras, que Jesús pronunció ante unos discípulos atemorizados y tras puertas cerradas con llave, nunca han dejado de resonar. A través de dos mil años de historia humana,—a través de todo el ruido y el dolor de nuestra propia época—, todavía nos llegan, y hoy más que nunca, necesitan seguir llegándonos.
Vivimos en un mundo en guerra consigo mismo. Los misiles impactan a barrios de civiles en Medio Oriente. El pueblo de Ucrania continúa soportando un sufrimiento que desafía la imaginación. El conflicto se extiende sangrientamente por diversas partes de África y Asia. Los niños crecen conociendo solo escombros, allí, donde antes se alzaban casas. Como dijo el Papa León XIV el Domingo de Pascua en su mensaje Urbi et Orbi, corremos el peligro de insensibilizarnos ante todo esto: «Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos».
Nuestro Santo Padre tiene razón. Y esa indiferencia es, en sí misma, una especie de herida espiritual. No es neutralidad; es resignación.
El Papa León ha hablado con una asombrosa coherencia y urgencia, a lo largo de todo este tiempo pascual, sobre el llamado a la paz. Desde su primer saludo como Obispo de Roma, ha proclamado lo que él denomina una paz «desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante». Una paz que «proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

Pope Leo XIV prays the rosary for peace during an evening prayer vigil in St. Peter’s Basilica at the Vatican April 11. CNS photo/Vatican Media
En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, escribió con la franqueza que lo caracteriza: «La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence».
El pasado sábado 11 de abril, el Santo Padre dio forma visible a esa convicción. Presidió una Vigilia por la Paz en la Basílica de San Pedro. Una vigilia que había anunciado desde el mismo balcón desde el cual proclamó la Resurrección. Miles de personas se congregaron en la basílica y en la plaza. Fieles de todo el mundo lo acompañaron desde la distancia. Juntos rezaron los Misterios Gloriosos del rosario, con meditaciones extraídas de los padres de la Iglesia, mientras delegados de diferentes continentes encendían velas a partir de la Lámpara de la Paz que arde perpetuamente en la tumba de San Francisco en Asís. La luz de la Resurrección, que ha transmitido el «Pobrecillo de Asís» a lo largo de ocho siglos, continúa iluminando nuestra oscuridad.
El amor Eleva
En la vigilia, el Santo Padre habló con la pasión de un pastor y el dolor de un padre. Exclamando: «¡Basta ya de guerra!». Haciendo un llamado a los gobernantes de las naciones: «¡Deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte».
El Pontífice nos recordó que la oración no es una evasión de la responsabilidad. Es, dijo, «la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya ha resucitado!».
La guerra divide —nos dijo—. La esperanza une. La arrogancia pisotea a los demás; el amor eleva. Un poco de fe —dijo—, «una pizca de fe», basta para afrontar esta hora dramática de la historia.
Esas palabras poseen una resonancia franciscana que me conmueve profundamente como hijo espiritual de San Francisco. En su carta con motivo del Año Jubilar de San Francisco, el Santo Padre escribió sobre Francisco con ternura y claridad: «En esta época, marcada por tantas guerras que parecen interminables, por divisiones internas y sociales que crean desconfianza y miedo, él sigue hablando. No porque ofrezca soluciones técnicas, sino porque su vida indica la fuente auténtica de la paz».
San Francisco no teorizó sobre la paz, la vivió. Entró desarmado en el campamento del sultán Al-Kamil de Egipto, para participar en un encuentro extraordinariamente pacífico y humilde. Reconcilió al obispo de Asís con el alcalde de la ciudad, incorporando dicha reconciliación a su Cántico de las criaturas como una profecía de aquello en lo que la humanidad podría convertirse. Francisco saludaba a cada persona que encontraba a su paso con las palabras: «La paz del Señor esté contigo». Aquello no era una mera cortesía. Era una proclamación evangélica.
El don diario de la paz
Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Qué significa vivir el don de la paz del Señor Resucitado en nuestra propia vida cotidiana: aquí, en la Arquidiócesis de Atlanta; en nuestras parroquias y escuelas; en nuestros lugares de trabajo y en nuestros hogares?
En primer lugar, podemos orar. El Papa León nos ha pedido que recemos sin cesar por la paz. Esto no es meramente una sugerencia piadosa; la oración nos transforma. Nos abre a las posibilidades de Dios cuando las nuestras parecen haberse agotado. Recen el rosario. Recen por quienes sufren a causa de la guerra. Recen por quienes ocupan el poder y deben elegir entre las armas y el diálogo.
En segundo lugar, podemos negarnos a caer en la indiferencia. Cuando nos llegan noticias de sufrimientos lejanos —y nos llegan, cada día, a través de nuestros teléfonos y de las pantallas de nuestras computadoras—, podemos resistir la tentación de simplemente ignorarlas y seguir desplazándonos por la pantalla. Se trata de seres humanos. Cada uno de ellos ha sido creado a imagen de Dios. Cada uno es nuestro hermano. Sentir su dolor no es signo de debilidad. Es el comienzo de la solidaridad.
En tercer lugar, podemos ser instrumentos de paz en nuestro entorno inmediato. La gran oración franciscana —«Señor, hazme un instrumento de tu paz»— se dirige a cada uno de nosotros. En todo lugar donde haya odio, podemos sembrar amor; donde haya injuria, podemos extender el perdón. No tenemos que resolver la guerra en Medio Oriente para vivir la paz de Cristo Resucitado. Debemos hacernos presentes, cada día, en nuestro propio rincón del mundo, y elegir un camino distinto al de la cultura del conflicto que nos rodea.
En cuarto lugar, podemos apoyar a quienes trabajan por la paz: Catholic Relief Services, Catholic Charities, nuestros misioneros que sirven en zonas de conflicto y los esfuerzos diplomáticos de la Santa Sede no son actividades periféricas. Son las obras de misericordia de la Iglesia hechas realidad.
Por último, podemos permitir que la Pascua sea lo que es: no un solo domingo de celebración, sino un tiempo litúrgico y un modo de vida. Cristo Resucitado no es un consuelo para un mundo injusto; es el comienzo de uno nuevo. «Somos un pueblo resucitado», nos dijo el Papa León XIV en la vigilia. Vivamos, entonces, como tal.
Reitero las palabras que compartió nuestro Santo Padre al concluir su oración en la Vigilia por la Paz: «Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia: disolviste su poder con la fuerza de la paz. Concédenos tu paz, como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua, como a los discípulos escondidos y asustados. Envía tu Espíritu, aliento que da vida, que reconcilia, que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos».
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Que el Señor Resucitado le conceda la paz a nuestro mundo.