Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

Nadie está excluido de la dignidad que Dios le dio a la humanidad

By Archbishop Wilton D. Gregory, Commentario | Published enero 10, 2019

El salón donde celebro la misa para los presos condenados a muerte en la Prisión Estatal de Diagnóstico y Clasificación de Georgia en Jackson, fue alguna vez la peluquería de estos prisioneros. Quizás todavía cumpla esa función cuando no está siendo utilizado como capilla. Es una habitación larga y estrecha con una capacidad para albergar entre ocho a diez personas, la cual volví a visitar el 27 de diciembre.
Los reclusos llevan puestos overoles blancos y deben entrar uno por uno, inicialmente con las  esposas puestas hasta que son liberados después de cruzar el umbral de la pequeña habitación. Después celebro la misa con hombres que han sido condenados por crímenes horribles. Comienzo cada visita, incluso antes de llegar, pensando y orando por las familias que han sufrido la pérdida de un ser querido, quizás asesinado brutalmente. Sé que el dolor que estas familias continúan sintiendo es más de lo que me puedo imaginar.
Los presos representan las razas y culturas de esta Iglesia local. Son en su mayoría blancos, hispanos y afroamericanos. Algunos han estado condenados a muerte por muchos años y han pasado por varias apelaciones diferentes que han atrasado su proceso. Unos pocos optan por asistir a la misa, aunque hay muchos otros condenados a muerte que rechazan no solo mi visita, sino también a todos los demás visitantes que viajan a Jackson. No me ilusiono pensando que estos reclusos no representan a serios infractores de las leyes de nuestra sociedad. Sin embargo, son seres humanos y algunos de ellos provienen de experiencias personales increíblemente duras y altamente disfuncionales.
La enseñanza social católica sobre la pena de muerte ha evolucionado durante la última generación, culminando con la declaración más reciente del Papa Francisco que indica que la imposición de la pena de muerte nunca es justificada, ya que como sociedad tenemos actualmente medios menos severos, pero más seguros, de protegernos de los criminales violentos. Obviamente, este cambio en la posición de la Iglesia sobre la pena de muerte ha enfurecido, confundido y causado repudio entre algunos católicos. Esta enseñanza no sugiere que estos reclusos deben ser liberados de nuevo en la sociedad. Simplemente reconoce el hecho de que podemos protegernos sin recurrir a la misma brutalidad que llevó a estos individuos a este estado en sus vidas. La enseñanza también reconoce que la imposición de la pena de muerte no siempre es inmune al prejuicio y los errores judiciales. No es extraño que hayamos escuchado hablar de condenas que han sido revocadas por el hallazgo de nuevas pruebas, testigos que se retractaron o errores de procedimiento. Personas inocentes han sido ejecutadas. Y la pena de muerte no permite margen de error.
Existe un acuerdo ecuménico e interreligioso importante que manifiesta que la pena de muerte necesita una aplicación mucho más restringida. El Papa nos ha advertido que su empleo nunca es válido. Lo que es más difícil de admitir para algunas personas es que estos reclusos, a pesar de los horrendos actos de violencia de los que puedan ser culpables, siguen siendo seres humanos. La violencia que bien pudieran haber infligido a otros no les arrebata su dignidad humana.
Esta es la misma verdad que sustenta la dignidad de la vida que se gesta dentro del vientre. Los bebés que esperan nacer también son dignos de la reverencia que goza toda vida humana. Del mismo modo que hay personas que no ven cómo los individuos violentos pueden lograr que se les reconozca su humanidad, también hay quienes no aceptan la dignidad humana de aquellos que están esperando nacer. Las personas que rechazan la humanidad del criminal violento afirman que ellos no son dignos de la dignidad humana porque renunciaron a su inocencia al cometer delitos, a diferencia de aquellos inocentes que esperan nacer. Pero nuestra dignidad humana no se basa en nuestra inocencia, sino en el hecho de que todos hemos sido creados por Dios mismo. La dignidad humana nunca depende de la raza, la edad, la clase social, el estado legal de inmigración, los antecedentes penales ni la salud. Cuando comenzamos a arrebatar la humanidad de las personas por cualquiera de esas clasificaciones, todos estamos en peligro, al igual que nuestra sociedad. Nosotros resaltaremos esa verdad en todas nuestras observaciones pro vida durante este mes.