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Noticias de la Arquidiócesis Católica de Atlanta

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A detail of a stained-glass window depicts the Holy Family.
The Paz y bien Columna
Archbishop HartmayerEl Arzobispo Gregory J. Hartmayer, OFM Conv., es el séptimo arzobispo de Atlanta. En su columna “Paz y bien”, comparte homilías y reflexiones pastorales.

Atlanta

Él nos amó primero: El don de la Navidad

By ARZOBISPO GREGORY J. HARTMAYER, OFM Conv. | Published diciembre 22, 2025  | Available In English

En Navidad, la Iglesia no se limita a recordar una hermosa historia de antaño; proclama un misterio vivo. Dios ha venido a nosotros. El Verbo eterno se ha hecho carne. El amor mismo ha ingresado a la historia a través de la silenciosa vulnerabilidad de un niño tendido en un pesebre. 

En su exhortación apostólica “Dilexi Te” (“Te he amado”), el Papa León XIV nos recuerda que la Encarnación no es una idea que debe contemplarse desde lejos, sino un amor que busca la cercanía, un Dios que desea ser tocado por nuestra pobreza. La Navidad revela la asombrosa humildad de Dios, que no elige ni el poder ni la fama, sino la ternura y la cercanía. El Santo Padre continúa diciendo que en el pesebre, el Señor se confía en manos de los seres humanos, para que cada corazón aprenda de nuevo a recibir y amar.  

Este es el centro de la Navidad: recibir el amor que tan libremente se nos da y permitir que nos transforme.  

Este misterio fue capturado con particular claridad por San Francisco de Asís. En el año 1223, en el pequeño pueblo de Greccio, Francisco deseaba ayudar a la gente a ver con sus propios ojos lo que el Hijo de Dios había elegido por nuestro bien. Por lo tanto, preparó una escena sencilla: un pesebre, heno, un buey, un asno y la proclamación del Evangelio. No puso una estatua del Niño, solo el pesebre vacío, para que Cristo naciera de nuevo en los corazones de aquellos reunidos. 

San Francisco quería que la gente se conmoviera, no por sentimentalismo, sino para su conversión. Quería que comprendieran, tal como escribe el Papa León XIV en “Dilexi Te”, que “el amor revelado en el Niño de Belén nos inquieta, porque no pide ser admirado, sino acogido”.  

El pesebre nos confronta entonces con una pregunta: ¿haremos un lugar para él en nosotros? 

El pesebre también apunta inequívocamente hacia los pobres. Cristo nace sin un techo, dependiendo de la generosidad de los demás. El Santo Padre insiste: “No hay verdadera devoción al Señor Encarnado que no pase por el amor concreto a los más pequeños”. 

Arrodillarse ante el Niño de Belén ignorando a los pobres, a los migrantes, a los ancianos o a los no nacidos, es malinterpretar el Evangelio. En Navidad, estamos invitados a reconocer el rostro de Cristo en quienes viven al margen y a permitir que nuestra caridad se vuelva intencional, sacrificial y perdurable.  

En un mundo marcado por el conflicto, la violencia y la profunda división, el niño en el pesebre también se presenta como el Príncipe de la Paz. El canto de los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” no es un sueño ingenuo, sino una promesa divina. El Papa León escribe: “La paz nace donde los corazones son desarmados por la misericordia y las naciones recuerdan que el poder se otorga para servir, no para dominar”. 

La Navidad nos invita a cada uno, en nuestras familias, parroquias y comunidades, a ser artífices de paz: a renunciar al odio, a buscar la reconciliación y a rechazar la lógica de la indiferencia. 

Cuando las familias preparan los pesebres en sus hogares e iglesias, estamos continuando el legado de San Francisco. Estas sencillas representaciones transmiten un mensaje profundo. Nos recuerdan que Dios se encuentra no solo en lo extraordinario, sino también en el ritmo cotidiano de la vida familiar, en los pobres, en los olvidados y en los actos silenciosos de fidelidad que caracterizan el discipulado diario.  

La Navidad es también un llamado a ser misioneros. El Santo Padre escribe: “Quienes han experimentado la humildad de Dios ya no pueden vivir solo para sí mismos; se convierten en testigos de un amor que se inclina para levantar a los demás”.  

Celebrar la Navidad con autenticidad significa dejar que Cristo renazca a través de obras de misericordia, la reconciliación y la esperanza, especialmente hacia quienes sienten que no hay lugar para ellos.  

Queridos hermanos, que este tiempo santo renueve nuestra admiración ante el misterio del Emmanuel, Dios con nosotros. Que, como María, reflexionemos sobre estas cosas en nuestros corazones. Como José, respondamos con silenciosa obediencia. Y como San Francisco, nos regocijemos en la pobreza y la alegría del pesebre, permitiendo que moldee nuestra manera de vivir, amar y trabajar por la paz.  

Que esta Navidad llene sus corazones con la calidez del amor, la alegría de la esperanza y la infinita compresión de la paz. 

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