Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

Más allá del duelo por Christchurch, necesitamos acción

By Archbishop Wilton D. Gregory, Commentario | Published marzo 21, 2019

Mientras continuaba reflexionando con horror y tristeza sobre el brutal ataque contra los musulmanes que se encontraban orando en paz en Christchurch, Nueva Zelanda, me vino a la mente una de las canciones menos conocidas del musical “South Pacific” de Rodgers y Hammerstein de 1949. Específicamente, recordé la canción, “Hay que esmerarse en enseñártelo”, cuya letra provocativa tiene mucho que enseñarnos sobre los orígenes del odio a la luz de esta tragedia sin sentido.

 

“Hay que enseñarte
a odiar y temer.
Hay que enseñártelo,
año tras año.
Hay que recalcártelo
en tu querida orejita.
Hay que esmerarse en enseñártelo.

Hay que enseñarte el miedo
hacia la gente de ojos extraños,
hacia la gente con otros matices en su piel.
Hay que esmerarse en enseñártelo.

Hay que enseñarte, antes de que sea tarde,
antes de que alcances los seis, siete u ocho años,
a odiar a quienes tus parientes odian.
Hay que esmerarse en enseñártelo”.

 

Broadway no siempre brinda lecciones morales tan conmovedoras y, lamentablemente, imperecederas, pero esta canción, publicada hace 70 años, ciertamente tiene mucha sabiduría que ofrecer frente a estas matanzas masivas tan demasiadamente frecuentes.

Los perpetradores de estos episodios brutales son personas con un odio y un miedo increíbles. ¿Dónde aprendieron a odiar a los demás con una intensidad tan obsesiva? Ocasionalmente descubrimos que provienen de entornos disfuncionales, pero a menudo parece que sus familias están tan sorprendidas como el público en general. Sin embargo, la profundidad de su odio es tan intensa que no podemos comenzar a comprender cómo se convirtieron en seres humanos tan retorcidos como para albergar esta hostilidad obsesiva contra otras personas. ¿Dónde aprendieron a aborrecer a aquellos de religiones, tradiciones étnicas o razas diferentes hasta tal punto que se sienten obligados a matarlos?

Cada vez, con mayor frecuencia, echamos un vistazo crítico al papel que pueden haber desempeñado las plataformas de redes sociales en la formación de este tipo de individuos. La violencia que se escupe tan libremente tiene que tener algún impacto en todos nosotros, pero especialmente en las almas perturbadas de quienes infligen brutalidad sobre personas inocentes. El individuo que mató a los musulmanes que estaban orando en Nueva Zelanda llevaba una cámara para poder transmitir la masacre. Reconoció que había seguido el patrón de violencia que había visto en otros tiroteos masivos. ¿Por cuánto tiempo debemos continuar permitiendo que sucedan eventos como este sin examinar sus causas ni responder apropiadamente? Pedir la sanación, el consuelo y la intervención de Dios es lo primero, lo más importante que podemos hacer, pero más allá de esos “pensamientos y oraciones”, ¿qué acciones terrenales podemos tomar aquí y ahora?

Primero, debemos enseñarles a nuestros hijos las sendas de la paz y los estándares de respetar y amar a los demás como Jesús nos lo ha ordenado. Esto es más que la simple tolerancia de las diferencias de otras personas. Es la aceptación positiva de personas de otras religiones, razas y culturas. En repetidas ocasiones le he dicho a nuestros jóvenes durante las confirmaciones que nunca deben ver a las personas que son diferentes a ellos como enemigos, rivales o de alguna manera inferiores. Nuestros jóvenes están sometidos a mucha violencia en las películas, los videojuegos, el ciberespacio e incluso sus calles. Como lo sugirieron Rodgers y Hammerstein en “South Pacific”, se las arreglan para aprender a odiar y temer a una edad muy temprana.

También debemos responsabilizar a los patrocinadores corporativos de tales materiales violentos. Aprender y apoyar con firmeza los movimientos y las acciones de quienes le están exigiendo estándares más altos a aquellos que generan enormes sumas de dinero trasmitiendo masacres o programas sexualmente promiscuos. Es hora de oponerse a los medios de comunicación despreciables que glorifican el odio y, con frecuencia, incitan a que la gente con personalidades desordenadas lleve esas imágenes a la vida real.

Solo a través de la gracia de Dios y las acciones comprometidas de las personas de fe en cada nación en la tierra, las lecciones de Christchurch, Sandy Hook, Columbine, Charleston, París y muchas otras comunidades manchadas de lágrimas producirán un cambio duradero y significativo. Que Dios bendiga y sane a la gente de Christchurch y a todos los que lloran a los inocentes.