Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

Lo Que He Visto Y He Oído

By MOST REVEREND WILTON D. GREGORY | Published November 24, 2011

La mayoría de los sacerdotes de mi generación quienes fueron entrenados en los 1960s o en la generación anterior tal vez recuerden un pasaje de la colección de ensayos “La Idea de una Universidad” del Cardenal Newman que describe las cualidades esenciales de un caballero cristiano. Tengo mis sospechas que como seminarista nos pidieron que reflexionáramos sobre esa descripción con la esperanza de que la narración del Cardenal Newman diera fruto en nuestras propias vidas.

Aun como seminaristas frecuentemente nos alentaban a desarrollarnos primero como caballeros. “La gracia crece del carácter” era otra frase que oíamos con frecuencia.  Uno no puede volverse un buen sacerdote sin primero volverse un caballero cristiano. John Francis Donoghue era la suma de lo que es un caballero cristiano y sobre él fue otorgado el don de ordenación al sacerdocio del Espíritu Santo  y con tiempo también la dignidad Episcopal.

No puedo recordar la descripción legendaria de un caballero dada por Newman sin recordar simultáneamente a John Francis Donoghue: “Es casi la definición de un caballero decir que él es alguien quien nunca causa dolor.” John Francis era caballero en su modo de ser y en la manera en la cual convivía con los demás. Esta ciertamente fue me experiencia con él durante los siete años que vivimos juntos aquí en la Arquidiócesis de Atlanta.

Los feligreses de la parroquia de All Saints en Dunwoody son testigos de que ese caballero también era un maravilloso sacerdote desde que durante los primeros seis años de su retiro vivió entre ellos como sacerdote parroquial. No existe otro grupo de católicos en la arquidiócesis que hayan tenido la oportunidad de ver a John Francis como sacerdote tal como los feligreses de la parroquia de All Saints. Ahí él pudo dejar a un lado las responsabilidades administrativas del  episcopado y pudo regresar al privilegio sacramental que recibió el 4 de junio de 1955. Los feligreses de la parroquia de All Saints también son la razón por la cual comencé a reflexionar sobre la descripción de un caballero dada por el Cardenal Newman desde que tantos de ellos me contaron de la manera en que vivía John Francis entre ellos como caballero cristiano quien llevaba dentro de él el sacerdocio de Jesucristo.

El Cardenal Newman describe al verdadero caballero cristiano en estas palabras: “Desde una prudencia lejana, él observa la máxima del sabio que dice que debemos tratar al enemigo como si algún día llegaría a ser nuestro amigo. Él tiene demasiada sabiduría para ser afrentado por insultos, él está demasiado ocupado para recordar heridas y es demasiado indolente para cargar con malicia.” El Cardenal Newman estableció un alto nivel para aquellos quienes llevan el título de caballero cristiano. John Francis llego a ese nivel. Debido a su comportamiento amable, mi oficina ha recibido muchas llamadas durante los últimos 10 días de Washington D.C. en donde él sirvió en varias capacidades pastorales y de Charlotte en donde también sirvió como obispo. Todos los recuerdos que hemos recibido han sido de su bondad y de su espíritu tierno. Ante todo, él era un caballero cristiano en el sentido más elevado de la definición del Cardenal Newman.

Parece ser que vivimos en una época en la cual las categorías de gentilidad pública que describió tan precisamente Newman han sido abandonadas. De hecho algunos personajes públicos parecen gozar al ser groseros, vulgares, ofensivos  y mal educados. Algunos de ellos piensan que ese comportamiento eleva su popularidad e índice en los medios de comunicación. Muchos dicen que vivimos en la época “pos-cortes”

Un personaje como John Francis Donoghue cuya conducta pública nos asegura que todavía valoramos y podemos reconocer las cualidades que propuso Newman para aquellos quienes llegarían a ser caballeros. Algunos de ellos también llegarían a ser ordenados como sacerdotes y también algunos como obispos. Bendícelo por recordarnos que el Beato John Henry Cardinal Newman tenía razón.