Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

Bienaventurados los pobres de espíritu

By CACKIE UPCHURCH, Directora del Estudio Bíblico de Little Rock | Published junio 1, 2017

Este es el 2º artículo de una serie de diez

A los que nos consideramos discípulos de Jesús, una y otra vez se nos llama a examinar nuestras vidas. ¿Qué nos motiva? ¿Qué moldea nuestro sentido del bien y el mal? ¿Cómo estamos avanzando en este camino de la fe? ¿Dónde encontramos nuestra alegría más profunda? ¿Qué nos produce ansiedad y cómo estamos aprendiendo a confiar más profundamente? ¿Estamos comprometidos con la construcción del Reino de Dios, o, como lo llama Mateo, el Reino del cielo?

Me vienen a la mente las palabras de Pablo cuando pienso en el carácter radical del Reino de Dios. Él nos recuerda: “No se conformen a este tiempo, sino sean transformados por la renovación de su mente, para que puedan discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto” (Romanos 12,2). Existe el riesgo de caer en la trampa de confundir nuestros valores culturales con los valores del Reino de Dios.

Ciertamente las Bienaventuranzas son piedra de toque para el tipo de transformación y renovación al que animaba Pablo. Nos ayudan a discernir en qué áreas vivimos según el Reino de Dios y en cuáles podríamos haber perdido el rumbo. Nos desafían a ver, pensar y actuar como lo hace Dios. Ilustran que, para el seguidor de Cristo, los mensajes culturales sobre el deseo de éxito, poder y reivindicación son absurdos por sí mismos. El Reino de Dios vuelve del revés los valores de otros reinos.

La primera Bienaventuranza se expresa en Mateo 5,3 como “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos es el Reino de los cielos” y en Lucas 6,20, como “Bienaventurados ustedes los pobres, porque suyo es el reino de Dios.” Podríamos tener la tentación de hacer una distinción entre los pobres y los pobres de espíritu, asumiendo que una cosa se refiere a la pobreza económica y otra a la pobreza spiritual. Sin embargo, eso podría ser una distinción falsa.

En su ministerio, Jesús encarnó al ungido que se describe en Isaías 31, el que trae la Buena noticia a los oprimidos, sanación a los quebrantados y libertad a los cautivos. En realidad, la opresión, el cautiverio y la desolación son formas de pobreza, como lo es la incapacidad de sustentar la propia vida. Si no fuera así, ¿por qué defendería Jesús a las viudas y los huérfanos como se ve en Marcos 12,38-40?

La pobreza material no se alaba ni se idealiza en la Biblia, ni se ve como virtud spiritual. Eso sería una conclusión errónea después de leer y reflexionar sobre la primera bienaventuranza. Los pobres no son “bienaventurados” porque sean pobres. De hecho, a través de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, se ordena al pueblo de Dios que cuide de los pobres, que ayuden a aliviar una pobreza aplastante.

Los profetas de Israel regañaban a sus líderes por descuidar o incluso abusar de los pobres, indicando, por ejemplo, que los ancianos de Israel y los príncipes, decoraban sus hogares con “botín robado a los pobres” (Isaías 3,14) y los acusaban de actos criminales cuando esclavizaban a los pobres como pago por las deudas (Amos 2,6).

No, la pobreza en sí misma no es una virtud.

La virtud reside en la capacidad de cada uno, tanto si es rico como pobre, de tocar y entender nuestra necesidad del exuberante amor y generosidad de Dios. Se trata de descubrir entro de nosotros una pobreza que nos permite recibir lo que Dios tan generosamente nos concede, que se describe en esta bienaventuranza como “el reino de los cielos.”

Esta recepción de la bendición de Dios no es solo por nuestro propio beneficio, sino que nos equipa para hacer la obra del reino—mostrar compasión, extender la paz, luchar por la justicia y proclamar que lo que Dios ofrece sobrepasa con mucho cualquier cosa que pudiéramos obtener por nuestros propios medios. De hecho, la pobreza de espíritu que alaba Jesús reconocería que incluso nuestras capacidades y logros son dones más que méritos personales.

“Bienaventurados los pobres de espíritu.” ¿Te describe esto a ti? ¿Describe a tu comunidad parroquial? ¿Estamos comprometidos con cumplir la voluntad de Dios incluso cuando es difícil? ¿Podemos pedir la gracia de desprendernos de nuestras posesiones para poder poseer lo que Dios nos tiene reservado? ¿Estamos abiertos a una continua conversión, una renovación de la mente que no nos permita conformarnos a este tiempo y sus valores?

Las bienaventuranzas no son fáciles de digerir, pero nos alimentarán de modos que quizá aún no comprendamos. Son riquezas para nuestra pobreza.

Preguntas para la reflexión y discusión

En tu oración, tus conversaciones con Dios, te encuentras reconociendo que tus valores están siendo desafiados? ¿Qué valores de nuestra cultura actual encuentras más difíciles de reconciliar con los valores del Evangelio?

¿Qué acontecimientos de tu vida te han ayudado a descubrir tu propia pobreza de espíritu, tu propia confianza en la generosidad de Dios?

¿Qué experiencias con la pobreza física (la propia o la de los demás) te han ayudado a hacerte más compasivo, más inclinado a encontrar modos de ser fuente de sanación o justicia?

¿Cómo aseguras que permanecerás abierto a abrazar profundamente los valores de Dios? (e.g. estudio bíblico, compartir la fe con los demás, dirección spiritual, lectura espiritual, oración, etc.) encuentras más valiosas en este sentido?


Este artículo fue originalmente publicado en el Arkansas Catholic el 11 de marzo de 2017. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados.