Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

Jesús nos desafía a ser dichosos

By CLIFFORD YEARY, Director Asociado, Estudio Bíblico de Little Rock | Published mayo 5, 2017

Este es el primer artículo de una serie de diez.

Uno de mis primeros encuentros con los modales y la hospitalidad sureños tuvo lugar en el aeropuerto Louis Armstrong en New Orleans al llegar allí desde mi hogar en Idaho. Acababa de sacar una maleta bastante grande de la cinta de equipajes cuando un maletero me preguntó si necesitaba ayuda. Le respondí simplemente, “No, gracias.” A eso, él respondió, “Que tengas un día bendecido.”

Yo nunca había escuchado esa expresión antes. Había ido al Big Easy a recibir en persona un título en teología de la Universidad Loyola, Nueva Orleans, que había conseguido a través de un programa a distancia en Boise. La idea de que mi día pudiera estar bendecido tuvo un eco especial en mí. Era el año 2000.

Ahora que he vivido en el sur (Little Rock, Arkansas) durante casi quince años, tengo una mejor idea de lo común que es bendecirle el día a un extraño. También sé que, si se le pregunta a alguien, “¿Cómo estás?” es muy probable que conteste, “Estoy bendecido.”

Si escarbas un poco más abajo de la superficie, existe una gran diferencia entre desearle a alguien un buen día, no importa qué tan buena sea la intención, y bendecir el día de alguien. No importa lo mal que haya ido un día, si es un día bendecido, es un día en el que descubrirás que Dios está presente. Por eso, nos dice la fe, en inglés llamamos al Viernes Santo, Bueno (Good Friday).

Éste es el primero de diez artículos mensuales del Estudio Bíblico de Little Rock referido a las bienaventuranzas, las “bendiciones” de Cristo sobre aquellos que, de hecho, no parecerían estar bendecidos, como los pobres, los mansos y los perseguidos. En el curso de estos artículos, seguiremos las bienaventuranzas según aparecen en Mateo 5,1-12, en el Sermón de la Montaña.

En este artículo se centra la atención en la breve introducción de Mateo al Sermón de la Montaña y cómo prepara nuestros corazones y nuestras mentes al significado de la enseñanza intemporal de Cristo, que comienza con nueve bendiciones.

“Cuando vio a las multitudes, sintió lástima, y les empezó a predicar” (Matthew 5,1).

Mateo acaba de empezar a hablarnos del ministerio de Jesús después de su bautismo y tentación. Habiendo llamado a sus primeros discípulos, Jesús predica la buena nueva del Reino en sinagogas por toda Galilea y cura a todos los que le llevan, sin importar cuál sea su enfermedad (4,23-24).

No es sorprendente que esto atrajera mucha atención, y pronto las multitudes se congregaban en torno a él en cuanto aparecía en un lugar. Mateo no nos dice exactamente dónde tuvo lugar el Sermón de la Montaña, sino que opta por afirmar sencillamente que “subió a la montaña” a darlo.

Los muchos judíos cristianos que hubieran escuchado primero la narración de Mateo acerca del sermón, seguramente pensarían inmediatamente en Moisés en el Monte Sinaí. Moisés, el gran profeta y maestro de Israel recibió el encargo de revelar a Dios a su pueblo, en “el monte” (Éxodo 3,1-2).

Siglos más tarde Jesús, habiendo subido a otra montaña, se sienta. Ésta era la postura adecuada para un maestro religioso. Hasta hoy día, las universidades conceden a sus más prestigiosos profesores una “cátedra.” Para el tiempo de Jesús, se decía que las autoridades religiosas de Israel enseñaban desde la silla de Moisés (Matthew 23,2).

Al leer a Mateo en la introducción al Sermón de la Montaña, se supone que seamos conscientes de la importancia y la autoridad que tendrá la lección de Jesús. Nadie desde el tiempo de Moisés ha enseñado de esta manera, y la enseñanza de Jesús penetrará hasta el fondo del alma que Moisés nunca alcanzó.

La introducción de Mateo a las bienaventuranzas de hecho llega con una advertencia; nos podemos situar para escuchar a Jesús de uno de los dos modos — el modo de la multitud, o el modo de los discípulos.

Nadie que contemple las bienaventuranzas piensa inmediatamente que ya ha logrado las bendiciones que ofrecen. Más bien, aquellos a quienes se dirigen las Bienaventuranzas probablemente serían considerados por las multitudes como personas que seguramente estaban sufriendo más por una maldición que por una bendición.

Por eso, al contemplar las Bienaventuranzas en los artículos siguientes, debemos tener en cuenta la distinción intencional de Mateo entre la multitud y los discípulos.

Cuando leo las bienaventuranzas siguientes, me siento desafiado a notar que, si las escucho como uno de la multitud, me maravillaré de la grandeza de los ideales que expresan, pero si soy un seguidor de Jesús, entonces él espera que las viva.

Preguntas para la reflexión y discusión

Recuerda un tiempo en que te sentiste particularmente bendecido.
¿Cuáles son los momentos o acontecimientos en que has sentido el entusiasmo de ser parte de una multitud?
¿Por qué da Jesús su sermón más famoso desde una montaña? ¿Por qué lo hace sentado?
¿Cuáles son algunos modos que piensas que los discípulos escucharían a Jesús de manera distinta a como lo haría la multitud?


Este artículo fue originalmente publicado en el Arkansas Catholic el 11 de febrero de 2017. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados.