Georgia Bulletin

The Newspaper of the Catholic Archdiocese of Atlanta

La Semana Santa

By OBISPO LUIS R. ZARAMA, Comentario | Published abril 20, 2017

La celebración de la Semana Santa, que empezó el Domingo de Ramos y terminó con el Domingo de Resurrección, nos presentó una gran variedad de eventos y momentos en la vida de Jesús. La semana empezó con la aclamación por parte de los judíos de Jesús como rey en su entrada triunfal en Jerusalén y la celebración de la última cena con su regalo de Amor en la institución de la Eucaristía y el sacerdocio. Luego, después de la celebración de la última cena, antes de ser traicionado, Jesús llora en el Huerto de los Olivos, y en las próximas horas siguen la traición, la negación, las falsas acusaciones, la condena, su crucifixión y muerte. Todo esto en el transcurso de menos de una semana.

En medio de estos eventos, Jesús se mantiene fiel al Padre, diciendo, “Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Al mismo tiempo María sigue fiel en el seguimiento y compañía de su Hijo.

Vivimos en un mundo que busca ignorar el pecado y a toda costa el dolor, y esto es lo que más daño hace, pues por más que busquemos ignorar y negar el pecado, este existe, y al existir la soledad se hace cada vez más grande en el corazón. Si ignoramos el pecado y el dolor, negamos una solución, un remedio; no tenemos esperanza.

Todo parecía perdido el Viernes Santo, había muerte, dolor, tinieblas y soledad, pero ese no fue el fin. Es por eso que celebramos estos días, porque cuando para el mundo todo parecía perdido y la muerte pretendía triunfar, es precisamente cuando Jesús venció sobre todo y resucitó, ofreciendo una nueva vida. Jesús venció y nos invita a que con él, venzamos la soledad, la traición, el abandono, las persecuciones, el dolor, el temor, el sufrimiento, el rechazo, el odio y la discriminación. ¿Cómo? Aceptando nuestras limitaciones, nuestro pecado, para que poniéndolo en la cruz con Jesús, pongamos en él nuestra esperanza y de esta forma, ni el demonio ni el mundo nos roben la esperanza de vivir.

La Semana Santa fue una invitación a no ser simples espectadores sino participes con Jesús, para que de esta forma, celebrando con él, podamos superar y sanar las traiciones, los insultos, las discriminaciones, los dolores y la soledad.

Todos, sin excepción, somos pecadores, y de una manera u otra hemos vivido o vivimos una Semana Santa. Unámosla a la de Jesús, la cual acabamos de vivir, para que con él podamos resucitar y sanar al amor, al respeto, a la paz, al aprecio y a la gratitud.

Vivamos como personas de esperanza en ese Jesús que resucitó después de haber vencido a la muerte. Él es vida y nos ofrece su vida.